Mitologias
  Provincia de Tarapaca
 

 

¡Jurasi! ¡Jurasi!
Una ñusta o princesa gobernaba la región en años remotos. Tuvo la suerte de no envejecer nunca, porque le fue revelado el poder misterioso de ese manantial de la montaña, cuyas aguas discurrían sin cauce, agradablemente temperadas.
La princesa enterró a numerosos maridos que se hacían viejos a su lado, mientras ella mantenía una envidiable juventud.
Como era de buen corazon, cuidó a un niño sin hogar y lo educó con el mayor esmero. Creció fuerte y gallardo y, ya mozo, se enamoró de él y se desposaron.
Como notara el joven que su consorte no aumentaba en años, y en cambio él ya le estaba superando la edad, se puso receloso y trató de averiguar la causa de tan prolongada lozanía. Descubrió sus furtidas escapadas a la fuente y dedujo que, dado el secreto con que prosedía, debía existir en ella algún poder.
A su vez usó de esas aguas y consiguió disfrutar los dones de la edad juvenil sin menoscabo físico ni incertidumbre del mañana.
No se escapó a la ñusta la influencia del hechizo vital en su compañero y sus sospechas la condujeron a espiarlo hasta que lo encontró sumergido en las tibias aguas.
Ciega de indignación se puso a gritar: ¡Jurasi! ¡Jurasi!, que quiere decir: ¡Hirviente! ¡Hirviente! logrando que se caldearan hasta producir vapor, caracteristica que todavía subsiste y que ocasionó al infeliz marido la muerte más dolorosa.
Ya la princesa no pudo bañarse más y se marchitó casi de golpe su inexplicable juventud.
La niña de mis ojos
Una princesa incaica que comenzó a enceguecer fue traída a una laguna enclavada entre los cordones cordilleranos que bajan por los Andes hasta la Pampa del Tamarugal, a tres mil metros, donde se sumergió en sus aguas por varias veces; al poco, notó que recuperaba la vista y los descendientes del Inca, llamaron al lugar, Mamiña, que quiere decir, La niña de mis ojos.
Y Mamiña, durante años, vio llegar caravanas incaicas con el propósito exclusivo de encontrar alivio y remedio en sus aguas.
 
Por que el Tacora se apagó
Las aguas del mar de Arica eran las predilectas de uno de los incas más famosos del Perú. Todos los años bajaba a la playa rodeado de un séquito cortesano, celebrándose con tal motivo fiestas interminables. Las mujeres más hermosas y divinas se deleitaban en las tranquilas y tibias aguas del puerto, y eran tan bellas, que las sirenas les tenían envidia y celos. Seres marinos acudían también a admirar corte tan vistosa y feliz. Mas en una de aquellas noches de orgía y locura, sirenas y caballos marinos formaron tal alboroto con las olas, que éstas crecieron y se extendieron en tal forma que arrasaron con inca, doncellas y cautivas. Desde entonces el Tacora apagó sus fuegos. Miles de aves aparecieron en los aires a contemplar desde arriba una corte tan brillante sepultada en el fondo del mar.
 
Los Payachatas
a) Los Payachatas: El Parinacota y el Pomerame, que levantan sus cumbres a más de 6000 metros de altura, guardan un tesoro incaico, esto es: las estatuas de oro de los monarcas, que adornaban los nichos del Templo del Sol, en el Cuzco; las de plata de las reinas, del Santuario de la Luna, y multitud de otras riquezas.
El tesoro de los incas que se salvó del rescate de Atahualpa, está escondido en su cumbre y cuando la montaña está escasa de nieve se ve perfectamente la escalinata que fabricaron los siervos del inca para sepultar las riquezas de su amo en el cono medio truncado del volcán.
b) Los Payachatas representan a una pareja de enamorados: un príncipey una princesa de dos tribus antagónicas que quisieron contraer matrimonio. Para evitar esta unión fueron muertos, pero la naturaleza en venganza de aquello sepultó a los dos pueblos formando dos lagos: el Chungará y el Cota-Cotani. En el lugar donde fueron enterrados los príncipes se levantaron los dos hermosos volcanes: el Parinacota y el Pomerame.
 
La Princesa y el Toro
En el cerro La Gloria, en la Pampa Soronal, algunas noches aparece una princesa cubierta con una especie de túnica blanca, con un gran lazo en la cintura, sus pies con sandalias y sus cabellos adornados con una diadema que resplandece en mil colores, su rostro joven y hermoso, refleja una gran angustia.
Y pide con acento de súplica, que no la dejen sola, que la defiendan de un gran peligro que la acecha.
Hombres le han preguntado cuál es su temor y se han puesto a su disposición.
- ¡Me he extraviado! - es su respuesta -. Y sé que desde arriba de este cerro vendrá el peligro, no sé cuál es, pero será mortal para mí si no me defienden.
La joven entrega al hombre un puñal que saca de sus vestimentas, para que se enfrente con el peligro.
Al cabo de un momento se oye un ruido ensordecedor y se ve bajar a velocidad endemoniada un enorme bulto rodeado de fuego y polvo. Es un gran toro con piafar estremecedor, viene echando fuego por los ojos, cuernos y hocico. El espectáculo es terrorífico y espeluznante.
Al ver la visión demoníaca el sujeto da media vuelta, bota el puñal y huye hasta desaparecer en la noche para siempre.
El toro con una gran explosión se estrella contra la joven y ambos se esfuman tras una gran nube de tierra.
 
El padre de Camiña
Dos indios en la pampa de Tarapacá fueron sorprendidos por la noche. Los caminantes, temerosos del frio, prendieron una fogata. No bien abrió ésta su rosa de luz, cuando el fuego caminó.
- ¡Ay Dios, el fuego anda, el fuego corre...! - gritó despavorido uno de ellos.
- ¡Huyamos, hermanito, huyamos! - propuso el otro. Y veloces, enfilaron su miedo a la parroquia de Camiña. Tocaron a sus puertas, agitados y convulsos.
El cura se sobresaltó: ¿qué pudo imprimir tales gestos en feligreses tan mansos, qué visión infernal...?
Aventuró una pregunta. Los indios, a coro de pavor, no articulaban sino este lamentable estribillo:
- ¡Ah, taitita, por Dios...!
- ¡Ah, taitita, por Dios...!
El cura fue calmándoles y supo que el diablo habíase metido en una fogata y corría a la siga de ellos.
El cura, sin perder minutos, invitó a los indios a caminar con él hasta el lugar demoníaco. Llegados, le bendijo y sustrajo terrones de "esa tierra", para analizarla con tranquilidad. En la paz de su parroquia, la escarceó y terminó por descubrirle nitrato de potasio. Una sana inquietud le guió a su jardín.
Su diestra empuñaba tierra de aquélla. Cavilaba:
- ¿Qué pasaría si la arrojase a mis plantitas...?
Y, persignándose, la tiró satisfecho. No tardó la sorpresa: las plantas crecieron, vigorosamente. Era como una primavera de más que embelleciese la parroquia.
Las comadres fuéronse de suposición en suposición, ¡aquello era milagroso!
- El jardín del señor cura está bendito - murmuraban. El murmullo irritó al buen cura de Camiña, medio sabio y medio santo.
- No, hermanas - adoctrinó -, nada de milagros... Entrad a mi cuarto y os enseñaré algo para calmar vuestras lenguas...
Abrió una caja y exhibió la tierra fortificante:
- Esto que veis no guarda magia alguna. Llamaremos a esta tierra bendita, si os agrada: "Tónico para el Reino Vegetal". Os repartiré un puñadito y, luego, me contaréis cómo se hermosean vuestras hortalizas y sembrados.
Camiña ondeó gracias nuevas y cegadoras. El "Tónico para el Reino Vegetal" permitió, desde 1879, que el nombre de Chile viajara en los sacos salitreros, como sinonimo de Patria de la Felicidad.
 
Un pueblo de Indios
A tres kilómetros al sudeste de Matilla existió hace siglos, un pueblo de indios, que fue destruido por un terremoto, no quedando hoy día, ni el más remoto vestigio de se existencia, pero al pasar por este sitio, se oye un ruido extraño y parece que la tierra se fuera a hundir.


Los socavones de Pica
Cuando los españoles vinieron a establecerse en estos lugares, no tuvieron acogida por los indios piqueños, por lo que se trasladaron a Matilla, donde fundaron una población.
Uno de estos pobladores se enamoró de la hija del cacique de Pica, solicitandola a su padre para contraer matrimonio, a lo cual se negó el cacique, Dámaso Morales, que así se llamaba el español, insistió en su petición, obteniendo esta vez mejor resultado, pero con una condición tan difícil como imposible.
Díjole el cacique a Morales que no tendría inconveniente en cederle la mano de su hija, siempre que le hiciera florecer el valle entre Pica y Matilla, lo cual fue para éste más terrible que la simple negativa anterior.
Y Dámaso Morales se puso a construir el primer socavón que se hizo en estos lugares, obtuvo agua, hizo florecer el valle y se casó con la hija del cacique.
Los indios a ciertos hilos de agua los juntaban en unas represas que llamaban cochas, el español siguió esta veta horadando la piedra y la hizo seguir un cauce hasta las cochas que se vieron aumentadas en su caudal, el valle reverdeció y fue una flor en la arena, lo que quiere decir Pica.

El estanque de Jasjara

En Jasjara hay un estanque de aguas profundas consideradas maléficas. Está habitado por Sirenas, éstas son apariciones. En las noches se oye música indefinible. Si se deja cerca una gutarra dasafinada, al día siguiente aparece a punto para ejecutar un concierto.
El pasto de Jasjara

Cerca del estanque había un sembrado; pero el pasto desaparecía continuamente, sin poderse averiguar quién era el visitante nocturno que se tomaba el empeño de cortarlo. El propietario descidió quedarse una noche en vela para sorprender al ladrón. A eso de las 10 divisó un bulto, preparó se revólver y le dirigió la palabra sin obtener respuesta; por el contrario, avanzaba directamente hacia él. Por segunda vez le habló con el mismo resultado, por lo que disparó su arma al aire. Notó que caía el intrusopesadamente al suelo, y se asustó ante el temor de haber muerto a un hombre, por lo que arrancó precipitadamente.
Al otro día no encontró huellas de que alguien hubiese estado en el lugar, salvo las señales de sus propios pasos.

El rio del Valle de Azapa
Antes corría por el valle un río caudaloso que satisfacía con exceso las necesidades de sus cultivos. Con motivo de la llegada de los españoles, los indios naturales de la región, cansados de sufrir el duro trato de los conquistadores, y a modo de venganza, torcieron el curso de las aguas de ese río. dejándolo en seco.

El Diablo disfrazado de guagua.

Regresaba de noche de las fiestas del Carmen de Chitita, después de la tinca o baile campesino que sigue a la procesión y frente a Jasjara sintió el llanto de una criatura y pronto avistó una guagua abandonada en las piedras del camino. Se bajó del caballo, la recogió y le hizo mimos para tranquilizarla.
La aderezó en el cabezal de la montura, con solicitud paternal, mientras pensaba que debía ser de alguna forastera venida a la fiesta, la que fatalmente se embriagaría sin atender a su obligación natural. A poco andar la miró para comprobar si estaría dormidita y se asustó al ver que echaba candelas por la boca, mostrando unos dientes de bestia.
¡El diablo!, dijo y la botó al fondo de la quebrada, convencido de que era el mismo demonio, mientras sujetaba la cabalgadura, presa de espanto, en un sendero tan estrecho como peligroso que pudo acarrear una caída mortal.
 
 
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